23 septiembre 2019

SELVA NEGRA

 








Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.
 

 

Confucio

 




En el verano del 2013, emprendimos un viaje que nos llevó a las entrañas de la Selva Negra alemana y a los encantos de Alsacia, una región francesa que a lo largo de la historia ha oscilado entre dos naciones. Nuestro punto de partida fue Alicante, de donde despegamos en un vuelo de Ryanair rumbo a Karlsruhe. Al aterrizar, recogimos un coche de alquiler que nos permitiría recorrer a nuestro antojo esos paisajes que, hasta entonces, solo habitaban en nuestra imaginación.





Friburgo fue nuestra primera parada, el corazón desde el cual exploraríamos las ciudades y bosques de la región. Llegamos el 6 de julio de 2012, un día que quedó marcado en nuestras memorias no solo por el bullicio de sus calles en plena fiesta, sino también por la quietud acogedora de sus zonas peatonales. Esa tarde, paseamos por la ciudad, maravillados por su vibrante energía. La catedral gótica se alzaba imponente en medio del bullicio, y en cada rincón se respiraba una mezcla de historia y celebración. La música, los aromas de la comida local y la hospitalidad de sus plazas parecían danzar juntos al ritmo de un verano perpetuo.



Baden-Baden, elegante y serena, fue nuestra siguiente incursión. Desde Friburgo nos aventuramos hacia esta antigua ciudad balneario, donde la historia y el lujo se entrelazan. Las fachadas de los edificios, cuidadas con esmero, nos hablaban de tiempos pasados, de un esplendor que aún se percibe en sus calles. Aunque no entramos al famoso balneario ni al casino, sus exteriores nos transmitieron ese aire de aristocracia que tanto los caracteriza. Encontramos, casi por accidente, una pequeña iglesia ortodoxa escondida entre los árboles de un parque, un remanso de paz entre tanta grandiosidad.






Otro día, nos dirigimos a Freudenstadt, una pequeña población que guarda en su memoria los estragos de la Segunda Guerra Mundial. En el trayecto, nos detuvimos en varios pueblos que parecían salidos de un cuento de hadas, donde los relojes de cuco aún marcan el ritmo del tiempo, y el sonido de las cascadas cercanas nos acompañaba como música de fondo. Freudenstadt, con su inmensa plaza y su fuente central, era un espacio de vida, donde los niños reían y jugaban bajo el sol. Nos impresionaron las fotos en blanco y negro que recordaban el pasado destruido de la iglesia luterana y la fuerza con la que fue reconstruida. Desde allí, continuamos nuestro recorrido hacia Oberkirch, un pintoresco pueblito donde el tiempo parecía haberse detenido, ofreciendo una tranquilidad inigualable.






Nuestro viaje no se limitó solo a tierras alemanas. Alsacia, con su proximidad geográfica y cultural, nos llamaba desde el otro lado de la frontera. Colmar fue la primera joya que descubrimos. Una ciudad que parece haberse detenido en el tiempo, con sus casas medievales adornadas con columnas de madera y balcones rebosantes de flores. Nos enamoramos de sus calles estrechas y empedradas, tanto que regresamos dos veces para saborear más de su encanto, como si un solo vistazo no fuera suficiente para capturar toda su belleza.



Estrasburgo, la gran capital de Alsacia, fue el colofón de nuestro viaje. Nos recibió con la majestuosa presencia de su catedral gótica, un prodigio de la arquitectura que, con sus torres elevadas, parecía querer tocar el cielo. Paseamos por el barrio de la Pequeña Francia, un rincón de la ciudad que respira historia y tradición a cada paso, y desde el río Rin contemplamos los edificios europeos que dan forma al corazón político de la región. Nos alojamos en las afueras, y cada día tomábamos un taxi que nos acercaba al centro, donde la Plaza Kléber nos esperaba para nuestras últimas caminatas.


El viaje concluyó como había comenzado: en movimiento. Desde Estrasburgo nos dirigimos al aeropuerto, donde dejamos atrás el coche que nos había acompañado en esta travesía. El vuelo de regreso nos llevó de nuevo a Alicante, pero una parte de nosotros quedó entre los bosques profundos de la Selva Negra y las calles medievales de Alsacia, inmortalizados en nuestros recuerdos.

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