LA INVENCION DE LA BARBARIE


Propaganda, religión y rivalidades imperiales


A mediados del siglo XVI comenzó a difundirse en Europa un relato que presentaba a España como símbolo de crueldad y fanatismo. No fue una descripción neutral de la conquista de América. Fue una construcción política. Su objetivo era debilitar a la potencia dominante en un contexto de guerras religiosas y competencia imperial.

Durante más de dos siglos circularon panfletos, grabados y crónicas con una imagen repetida: un imperio cruel e intolerante frente a una Europa que se describía a sí misma como moderna y civilizada. Con el tiempo, esa narrativa dejó de ser propaganda puntual y se convirtió en mito duradero.

 

Europa dividida


El siglo XVI fue un periodo de fractura. Tras la Reforma de Lutero, Europa quedó dividida entre católicos y protestantes. Los conflictos políticos adoptaron un lenguaje religioso.


España, bajo Carlos V y Felipe II, asumió la defensa del catolicismo. El enfrentamiento no fue solo doctrinal. También fue económico y estratégico. La monarquía hispánica controlaba rutas atlánticas, territorios europeos y los metales americanos. Ese poder preocupaba a potencias emergentes como Inglaterra y las Provincias Unidas.


Ante la dificultad de un enfrentamiento directo, recurrieron a la propaganda. La imprenta permitió difundir textos breves e imágenes impactantes. Se construyó una imagen del enemigo útil para justificar la oposición política y religiosa.

 

En 1552 se publicó la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas. Su intención era denunciar abusos concretos y promover reformas dentro del sistema imperial. Escribía desde el ámbito español, no contra él. El texto fue traducido y difundido fuera de España con títulos sensacionalistas. Se presentó como prueba de un exterminio sistemático. El impresor Theodor de Bry añadió grabados que mostraban escenas de tortura y violencia extrema. Esas imágenes no eran reportajes documentales. Eran construcciones simbólicas.

Mientras tanto, otras potencias europeas practicaban persecuciones religiosas y expandían su propio dominio colonial. Esos episodios no formaban parte del mismo relato.


En Inglaterra, la propaganda antiespañola se integró en la identidad política. Durante el reinado de Isabel I, España se presentó como enemiga de la libertad protestante. La Inquisición se convirtió en símbolo del fanatismo.


En los Países Bajos, la guerra contra la monarquía hispánica reforzó esa imagen. Episodios violentos se amplificaron hasta convertirse en prueba de una supuesta barbarie estructural.


En Francia, la rivalidad política se trasladó más tarde al terreno cultural. Autores ilustrados consolidaron la idea de una España atrasada e intolerante. El estereotipo quedó fijado en la cultura europea.


La crítica dejó de centrarse en hechos concretos.  Se centró mas en percepciones subjetivas y colocar etiquetas.

 

Un relato persistente


España apenas respondió con una estrategia cultural equivalente. Su producción intelectual no se orientó a disputar la imagen exterior. El resultado fue una asimetría. Se ganó influencia militar en algunos momentos, pero se perdió influencia narrativa.


Con el tiempo, parte de ese discurso fue asumido dentro del propio mundo hispano. En el siglo XVIII algunos ilustrados reprodujeron esos tópicos. En el siglo XIX, movimientos independentistas americanos los utilizaron como marco de legitimación.


La Leyenda Negra pasó de propaganda externa a narrativa interiorizada. No fue un accidente. Fue una operación eficaz de guerra cultural. Mostró que el poder no depende solo de ejércitos o recursos, sino también de la capacidad de imponer una versión de la historia. Controlar el relato puede ser tan decisivo como ganar una batalla.

 




COMPAÑIA BRITANICA DE LAS INDIAS ORIENTALES


La compañía que devoró un imperio


 
Capitalismo, guerra y saqueo en la India británica

 

Antes de que la India quedara bajo el control directo del Imperio británico, una empresa privada ya ejercía autoridad en su nombre: la Compañía Británica de las Indias Orientales. Fundada en 1600 mediante una carta real otorgada por Isabel I, esta sociedad nació como un negocio dedicado al comercio de especias, sedas y textiles. Sin embargo, dejó de ser únicamente comercial con el paso del tiempo. Durante más de 200 años, gobernó territorios, recaudó impuestos, libró guerras y cambió radicalmente la economía india.
 
Esta práctica representó una prueba temprana del monopolio colonial, donde el interés privado se integró con la autoridad política. La generación de riqueza estuvo sustentada en mecanismos de coerción, el uso de la fuerza y el empobrecimiento de las comunidades locales.

Una empresa con respaldo estatal

La Compañía se creó para competir con portugueses y neerlandeses en Asia. La Corona británica le concedió el monopolio del comercio inglés con Oriente. Al principio actuó como empresa mercantil: organizaba expediciones, establecía factorías y comerciaba con productos asiáticos.
El equilibrio cambió. Con capital privado y apoyo político, fortificó enclaves estratégicos como Madrás, Bombay y Calcuta. Estos asentamientos funcionaban como bases militares y administrativas.
Desde el siglo XVII empezó a actuar como actor político. En sus acuerdos con el Imperio mogol negociaba como potencia. La militarización fue progresiva y planificada.

Plassey y el inicio del dominio territorial
 
El punto decisivo llegó en 1757 con la Batalla de Plassey. Robert Clive, funcionario de la Compañía, organizó una operación basada en sobornos y alianzas internas contra el nawab de Bengala, Siraj-ud-Daulah. La victoria fue rápida.
Desde ese momento, la Compañía controló Bengala, una de las regiones más ricas del mundo. Asumió funciones de gobierno. Obtuvo el derecho de recaudar impuestos y usó esos ingresos para financiar nuevas campañas. Los beneficios no se reinvirtieron en el territorio. Se enviaron a Londres como dividendos. Una empresa privada convirtió una región entera en fuente de extracción fiscal sistemática.
 
Un Estado corporativo

A finales del siglo XVIII, la Compañía gobernaba a millones de personas. Mantenía un ejército de más de 200.000 soldados, mayor que el del propio Reino Unido. Recaudaba impuestos, administraba justicia y dictaba normas.
Funcionaba como un Estado corporativo. Las decisiones se tomaban en Londres por directivos y accionistas que no vivían en la India. La distancia reducía la responsabilidad. La violencia ampliaba la base fiscal.
Robert Clive reconoció ante el Parlamento británico la magnitud de la riqueza extraída y la facilidad con que se obtuvo.
 
Desindustrialización y hambre

Antes del dominio británico, la India era una de las mayores economías del mundo. Tenía industria textil avanzada, agricultura productiva y comercio dinámico. Ese equilibrio se rompió. Los impuestos elevados, los monopolios forzados y la competencia desigual destruyeron talleres locales. Los tejidos indios fueron desplazados por productos británicos protegidos en Europa. La economía quedó subordinada al mercado británico.
 
La hambruna de Bengala de 1770 fue el episodio más grave. En medio de la sequía, la Compañía mantuvo impuestos y exportaciones. Murieron entre siete y diez millones de personas. Los dividendos enviados a Londres aumentaron.
En el siglo XIX, ya bajo administración directa de la Corona, las hambrunas continuaron. Entre 1876 y 1900 murieron más de veinte millones de personas. El modelo priorizaba exportaciones y equilibrio fiscal.
 
Rebelión y continuidad

La Rebelión de los Cipayos de 1857 fue la respuesta a décadas de abusos. Soldados indios, campesinos y sectores locales se levantaron. La represión fue dura. Marcó el fin del poder político de la Compañía.
En 1858, el Parlamento británico disolvió la Compañía y transfirió el control a la Corona. El cambio fue administrativo. El Raj británico heredó su sistema fiscal y su lógica de extracción.
 
Un modelo

La Compañía Británica de las Indias Orientales no fue una excepción. Fue un modelo. Ensayó formas de dominación económica y política que luego adoptaron Estados coloniales y grandes corporaciones. Su historia muestra cómo el capital, con respaldo militar y legal, puede gobernar territorios enteros. Sin necesidad de un Estado nacional directo en la primera fase.
 













































































LA LEYENDA NEGRA Y EL SILENCIO DE OTROS IMPERIOS


 


La sombra de la Leyenda Negra y el silencio de otros Imperio

 

Este texto abre una serie sobre la Leyenda Negra española y, en paralelo, sobre los relatos menos examinados de otros imperios. El objetivo es simple: comparar narrativas, distinguir propaganda de hechos y ampliar la perspectiva histórica.

Desde el siglo XVI se consolidó en Europa una imagen persistente de España como imperio cruel, fanático y destructivo. Esa representación no surgió en el vacío. Se difundió en un contexto de rivalidad política, competencia comercial y conflicto religioso. Con el tiempo dejó de ser un instrumento coyuntural y se convirtió en marco interpretativo estable.

Esa narrativa condicionó la forma en que se entendió la expansión española en América. Los abusos existieron. La violencia existió. Pero el proceso también incluyó integración social, mestizaje y sincretismo cultural. En amplios territorios no hubo desaparición total de estructuras previas, sino fusión lingüística, religiosa y jurídica. Élites indígenas, afrodescendientes y criollas participaron —de manera desigual— en la formación de nuevas sociedades. De ese proceso surge buena parte de la identidad latinoamericana.

Otros imperios europeos desarrollaron modelos coloniales distintos. En varios casos se basaron en segregación racial estricta, desplazamiento masivo de poblaciones y explotación económica sin integración cultural relevante.

En América del Norte, numerosos pueblos originarios fueron desplazados o eliminados. En Australia, las poblaciones aborígenes sufrieron políticas de desposesión. En Asia y África, compañías comerciales europeas ejercieron dominio político directo y organizaron economías orientadas a la extracción sistemática de recursos.

De estos procesos se habla menos.
 
No existe una narrativa equivalente con el mismo peso cultural aplicada a los imperios británico u holandés. Episodios como el dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales, las guerras del opio o las hambrunas bajo administración colonial rara vez ocupan el mismo lugar en el imaginario europeo.

La memoria histórica ha sido selectiva. Algunos abusos se convirtieron en símbolo permanente. Otros quedaron diluidos en relatos de progreso, comercio o modernización.
Este ensayo no busca absolver a España ni negar la violencia de su expansión. Busca equilibrio. Donde hubo dominación, también hubo intercambio. Donde hubo conflicto, también surgieron nuevas realidades culturales.

La serie que comienza aquí examinará esa desigualdad. No desde la confrontación, sino desde la revisión crítica. La historia del poder no solo depende de lo que ocurrió, sino de cómo se contó. Revisar el relato forma parte del análisis histórico.










GROENLANDIA Y TRUMP


Groenlandia, Trump y la geopolítica del Ártico


El último tema candente es la posible anexión de Groenlandia a Estados Unidos. Desde 2019, Donald Trump reactivó una idea que muchos consideraban anecdótica: que Estados Unidos compre, o incluso anexe, Groenlandia. Se trata de una isla de casi 2,2 millones de km², geográficamente clave en el Ártico, que pertenece al Reino de Dinamarca, aunque cuenta con un alto grado de autogobierno.

Trump presentó la propuesta como un “gran negocio inmobiliario”, comparándola con la compra de Alaska en 1867. Su argumento era simple: Groenlandia es una enorme masa terrestre con valor estratégico y, por tanto, debería formar parte de los intereses de Estados Unidos. La reacción inicial fue de incredulidad, pero el debate reveló algo más profundo: el creciente peso geopolítico del Ártico.


Un interés que no es nuevo

El interés de Washington por Groenlandia viene de lejos. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos mantiene presencia militar en la isla, incluida la actual base de Pituffik Space Base (antes Thule). Desde allí se operan sistemas de alerta temprana y vigilancia, claves para la defensa frente a posibles amenazas provenientes de Rusia.

Groenlandia ocupa una posición central entre Norteamérica, Europa y el Ártico ruso. En un escenario de tensiones crecientes entre grandes potencias, esa ubicación la convierte en una pieza difícil de ignorar.


¿Por qué Groenlandia importa tanto?

Hay tres factores principales que explican el interés estadounidense:

  1. Posición geográfica. El deshielo está abriendo nuevas rutas marítimas que acortan distancias entre Asia, Europa y América. Groenlandia domina varios de esos pasos.

  2. Recursos naturales. Bajo el hielo hay importantes reservas de minerales críticos como tierras raras, titanio y tungsteno, esenciales para tecnología avanzada y defensa. Controlarlos reduce la dependencia de China.

  3. Seguridad nacional. En el contexto de la competencia con Rusia y China, una mayor influencia en Groenlandia refuerza la proyección de poder de Estados Unidos en el Ártico.

Analistas geopolíticos como George Friedman han señalado que las grandes potencias buscan controlar “espacios pivote”. El Ártico, por su posición entre Eurasia y Norteamérica, encaja bien en esa lógica estratégica del siglo XXI.


Rechazo local e internacional

La respuesta fue contundente. Autoridades danesas y groenlandesas repitieron que “Groenlandia no está en venta”. Encuestas muestran que alrededor del 85 % de la población local rechaza integrarse a Estados Unidos. Para ellos, no es solo una cuestión económica, sino de identidad y autodeterminación. Desde Europa también hubo críticas claras. Varios líderes recordaron que cualquier intento de anexión violaría el derecho internacional y pondría en tensión alianzas clave como la OTAN.


Realidad frente a retórica

Aunque Trump llegó a insinuar que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluida la militar, una anexión forzosa es poco realista. Dañaría gravemente la OTAN y el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Lo más probable es otro escenario: más presencia militar estadounidense, mayor inversión económica y presión diplomática, junto con un apoyo indirecto a una Groenlandia más autónoma de Dinamarca. No una anexión formal, sino influencia ampliada. En geopolítica, eso suele ser suficiente.




¿PODRIA CANADA SE EL ESTADO 51 DE ESTADOS UNIDOS?


¿Podría Canadá ser el estado 51 de Estados Unidos?


Hoy he visto este video Will Canada Become America’s 51st State?  su URL es: 

https://www.youtube.com/watch?v=Jox5DcBI2Hc

Después de esto me parece que la idea suena provocadora, y en parte lo es. En los últimos años apareció en el discurso político estadounidense, sobre todo asociada a comentarios de Donald Trump. A veces en tono de broma, a veces no tanto, Trump sugirió que Canadá podría unirse a Estados Unidos para simplificar el comercio, eliminar aranceles y reforzar la seguridad continental. Desde el inicio, la propuesta llamó la atención por una razón clara: implica que un país soberano deje de existir como tal para integrarse a otro. Eso, por sí solo, hace que valga la pena analizarla, aunque solo sea para entender por qué es tan poco realista.


El muro legal y constitucional

En términos legales, el escenario es casi imposible. La Constitución de Estados Unidos permite admitir nuevos estados, pero solo con el consentimiento del territorio que se integra y del Congreso. En el caso de Canadá, esto implicaría que el país entero, sus provincias y su población aceptaran renunciar a su soberanía. No es un trámite. Es un obstáculo enorme, tanto jurídico como democrático.

Asimismo, se plantea el desafío práctico de la representación política. Canadá posee una población y un territorio más vastos que muchos estados actuales. La integración de este estado como una entidad única, con un número reducido de dos senadores, plantearía desafíos en términos de justificación y viabilidad. Por esta razón, algunos analistas han planteado la hipótesis de que cada provincia debería convertirse en un estado independiente. La implementación de este proyecto conllevaría la incorporación de entre 10 y 13 estados adicionales, lo que repercutiría significativamente en el equilibrio político de los Estados Unidos.

La opinión pública dice no

Aquí el rechazo es claro. En Canadá, entre el 80 y el 90 % de la población se opone a la idea, según encuestas. Solo una minoría muy pequeña estaría dispuesta a considerarla. En Estados Unidos tampoco hay entusiasmo generalizado. Para muchos canadienses, la propuesta amenaza elementos centrales de su identidad: el sistema de salud pública, las políticas sociales y una forma distinta de entender el rol del Estado. Para muchos estadounidenses, el problema es político: una anexión así alteraría el Congreso, el Senado y el Colegio Electoral de manera impredecible.


Economía, sistemas y cultura

La integración de ambos países no se reduciría únicamente a un cambio de banderas. Canadá y Estados Unidos cuentan con sistemas de salud, estructuras fiscales, políticas migratorias y marcos legales independientes. Unificar estos sistemas requeriría de reformas significativas y complejas, que podrían generar controversia. Asimismo, se identifican desafíos económicos específicos, tales como la estabilidad del dólar canadiense, los derechos laborales, las pensiones y la protección de las minorías culturales, como la lengua francesa en Quebec. Es importante tener en cuenta que estos procesos no son fáciles ni rápidos.

¿Puede Canadá convertirse en el estado 51? En la práctica, no. Las barreras legales, políticas y sociales son demasiado grandes. No hay apoyo popular y las consecuencias serían enormes para ambos países. Más que una propuesta real, esta idea funciona como un ejercicio retórico. Sirve para hablar de poder, soberanía y de hasta dónde llegan —o no— las bromas cuando entran en el terreno de la política internacional.